lunes, 13 de junio de 2011

Periodismo: ¿civilización o barbarie?

Desde hace un tiempo, tal vez como nunca antes, se está discutiendo el rol de los medios de comunicación en la sociedad y, sobre todo, el papel que juega en ellos el periodismo. Por supuesto, todo está en relación con la Nueva Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y las dificultades para su aplicación por la resistencia judicial que realizan los medios hegemónicos. Pero también con el posicionamiento de algunos profesionales de prensa ante la profundización del modelo de país que está en marcha desde mayo de 2003.
Esta discusión involucra muchos temas que, lanzados en un licuado mediático sin precedentes, producen bastante confusión al público consumidor. En efecto, acostumbrados como estábamos a la confianza depositada hacia un diario, un noticiero, un canal informativo, la realidad mediática contemporánea resulta más compleja. Ante un titular o un informe, nos vemos obligados a cotejar por otros medios los hechos relatados. Como público, hemos descubierto que la noticia está expuesta a manipulaciones, intencionalidades, intereses que van mucho más allá de informar con nobleza sobre los hechos de la realidad.
Por supuesto, hay mucha ingenuidad en el párrafo anterior. Quien piense que la lectura de un diario, por ejemplo, puede aproximarnos a la Verdad de un hecho peca de credulidad. Los que estamos en la profesión sabemos que por las características propias del trabajo periodístico, que incluyen limitaciones de tiempo, espacio y humanas, el relato de un hecho jamás puede ser la verdad de un hecho; que La Realidad, entendida así como un absoluto, está muy lejos de ser el resultado del trabajo del ser humano-periodista; que gran parte de los materiales que ayudan a la reconstrucción de un suceso se basa en relatos subjetivos tan imprecisos o interesados como los del propio periodista. Y todo esto acotado al trabajo serio y responsable de un profesional.
Sin embargo, vemos a diario en los grandes medios –diarios, revistas, radios y canales de TV- a conocidos y reconocidos periodistas –antes eminentes y respetables- que recitan al unísono argumentaciones que no son propias. Parecen repetir un guión memorizado como si fuera la salmodia de un oficio religioso. A veces declaman sin ponerse colorados que de su boca sólo sale la verdad de los hechos, con absoluta objetividad, que son independientes y absolutamente confiables. Otras veces, imponen no sólo la agenda –arbitraria y reiterativa-, sino la interpretación dominante de los hechos que la componen. A veces propuncian emocionantes diatribas a favor de la libertad de expresión y explota su histrionismo si otros colegas los critican o señalan sus contradicciones. Como dueños de la verdad, como íntegros y desinteresados escribas y relatores de la palabra celestial, disponen de una serie de gruesos calificativos hacia quienes no coinciden con ellos. Estos son los periodistas blancos, los que portan las nobles ideas de la civilización.
Del otro lado está la barbarie. Los otros periodistas que por convicción o por conveniencia, además de buenos salarios en algunos casos, conforman un frente de defensa de las acciones y decisiones del Gobierno Nacional. Salen al cruce de las mentiras y manipulaciones que los medios dominantes –siempre ligados al poder económico y otrora defensores y propagadores del accionar oscuro de la dictadura cívico-militar- tratan de imponer a los miembros de la sociedad.
En los párrafos anteriores mencioné la clásica división sarmientina, civilización o barbarie, que parece atravesar toda la historia argentina y que hoy se actualiza en las denominaciones periodismo independiente o periodismo militante. Lo que sería el blanco y el negro de una profesión. Los buenos y los malos, de acuerdo a la poderosa división de los representantes del establishment.
Describamos los dos bandos. Empecemos por los malos, los que insultan, editan, tergiversan, utilizan métodos stalinistas, agravian, son fascistas, goebelianos y parecen hordas hitlerianas. Estos son los bárbaros, los que desde los medios oficialistas defienden las principales acciones del Gobierno Nacional. Los que con marcada habilidad deshilachan las contradicciones de la oposición política y revelan de manera indiscutible las operaciones machaconas y cada vez menos convincentes de la prensa blanca.
Y el otro bando es el de los periodistas civilizadores, independientes, ascépticos, republicanos, objetivos, iluminados por la revelación de la verdad, heróicos defensores de la libertad de prensa cuando no está amenazada, pero cómplices de las censuras dictatoriales y  predicadores obedientes de los poderes perpetuos. Lo único que pretenden con su accionar fabulario es destruir este modelo político para suplantarlo por el que anteriormente los enriqueció, dejando a la mayor parte de los habitantes de nuestro país casi al borde de la extinción.
En la visita que la ensayista Beatriz Sarlo realizó al programa 678 el 24 de mayo, explicó que los diarios Página/12 y La Nación eran la expresión de los dos extremos ideológicos y que con la lectura de ambos uno podía realizar una síntesis más o menos sólida sobre los hechos y sus posibles interpretaciones. Ese ejercicio era factible hace algunos años, no ahora. Uno de ellos ha perdido absolutamente su credibilidad, abandonando totalmente el contacto con cualquier realidad. El diario La Nación –al igual que su primo hermano Clarín- presenta el relato de una realidad deseada, del recuerdo ensoñador de un pasado que se resiste a volver, cuentan en sus páginas una pesadilla inexistente. El diario La Nación ya no es lo que era, esa “tribuna de pensamiento” liberal pero honesta. Desde hace más de treinta años se convirtió en cómplice y eso ensucia.
 Que me perdonen los buenos, pero me parecen más confiables los malos, la indiada con micrófono que pondera la construcción del actual modelo, comprometidos con los ideales de un país para todos, identificados con las mayorías, aplaudiendo la equidad y despreciando la exclusión. Y si uno no está de acuerdo con todo esto, hay un límite simbólico y moral: la utilización que han hecho del caso Schoklender y la misión Sueños Compartidos. Tamaña bajeza no permite dudar. Los buenos traspasaron todo límite para horadar, para destituir, para dividir.  
Algunos piensan que esta manipulación del caso es el inicio de una seguidilla. Creo que éste es su último intento porque más bajo no pueden caer. Después del fango, no hay nada que ensucie más. No pueden quedar más en evidencia sus perversas intenciones.
Ahora es el público el que debe tomar protagonismo, el que debe comprometerse con la información que más contribuya en la construcción del universo simbólico y colectivo.

1 comentario:

  1. Concuerdo perfectamente en esta evualación de la prensa mercenaria, pidiendo a gritos el país especulativo, de la patria financiera, el del dolar caro e inestable, el de la exclusión y los privilegios corporativo. Pero solo en octubre vamos a saber que porcentaje de la población ve esta realidad, si solo somos mira-Tinelli's o somos un pueblo pensante. Me gustaría que hiciera una evaluación de la candidatura de Binner a presidente de la Nación. Siga así, Profe.

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